miércoles, 22 de abril de 2009

Análisis de la actuación de un maestro educador

La tarea del educador será trunca si sólo muestra a sus alumnos las alturas llenas de luz. Es necesario, también, y más en el momento actual que vivimos, que mostremos los abismos oscuros que hay en la vida.

Parecerá cruel o disparatada esta proposición, pero lo que pretendemos es no lanzar a los alumnos a un mundo revuelto con los ojos cerrados, exponiéndolos a que adopten caminos de instintividad.

Nuestro quehacer educativo debe consistir en hacer que los alumnos conquisten su propia libertad, para lograr la superación de los instintos. En este punto, es necesario que orientemos a los alumnos para que logren la realización de todas sus aptitudes, impulsándolos a la verdadera sabiduría, se me ocurre aquí citar a Sócrates en el parágrafo 273 del “Eutidemo”, donde afirma: “Es necesario amar la ciencia, buscar la sabiduría y cultivar la virtud”.

La tónica del alumno de hoy, tal vez sea, la carencia de grandes pasiones, aún la del saber como valor. Se puede comprobar a diario, la tendencia pronunciada hacia lo fácil, lo agradable, lo que le gusta. Todo lo que impida o se oponga a la realización de estas tendencias, es interpretado por los alumnos como un atentado contra su libertad. Muchos jóvenes aspiran a que su vida sea un espacio sin frontera, lo que supone un enorme engaño.

Si realmente queremos ser verdaderos educadores, no debemos olvidar que tenemos una cuenta pendiente, que es un deber impostergable, y es presentar a nuestros alumnos la esperanza luminosa que supone el don de la vida, descubriéndola finita y contingente, pero llena de posibilidades y de ideales. No podemos caer en el facilismo de ofrecer solo saberes instrumentalizados, diplomas y distinciones que únicamente favorecen la competitividad y que más tarde pueden convertirse en violencia, sino, ofrecer también, un cultivo de valores y actitudes que hagan crecer como personas y como ciudadanos. En este punto tenemos que tener la valentía de superar la desidia, la cobardía, la moda o adoptar una actitud de permisividad con el alumno, para ofrecer la verdad y el bien con su poderoso atractivo. Hay que crear en los alumnos una auténtica necesidad de ir tras ellos, que entiendan que el placer no es lo mismo que la felicidad y que el bien no consiste en saciar nuestros instintos. Ciertamente la educación en nuestros días no es tan fácil, pero la peor tentación en que podemos incurrir como educadores es ceder ante la dificultad y caer en el escepticismo o pasividad.

Nuestra actuación como educadores deber ser la que facilite el logro del recto ejercicio de la libertad del alumno, sin descuidarlo, sino acompañándolo en esta conquista y una vez lograda, poder mirar el mundo con optimismo, con visión esperanzadora. Sólo entonces podemos hablar de transformación de la sociedad. Debemos acompañar a nuestros alumnos en el camino de la vida, para que lo hagan con seguridad y convencimiento. Si nuestra tarea solo se quedara en promover alumnos superando exámenes y pueda ocupar un puesto en la sociedad, si se persigue el ganar un buen sueldo más que la propia realización como persona, estaremos fracasando en lo más fundamental, que es educar.

¿Quién levanta la voz pidiendo responsabilidades a los docentes que por su actuación negligente, por su comodidad, o por su falta de preparación dejan a centenares de alumnos con una formación deficiente?

La labor docente no puede realizarse sin convicción profesional ni ética. La búsqueda de la verdad y del saber atraen, pero hay que saber ofrecerlos, sin imponerlos. Esta búsqueda no puede hacerse desde la desesperanza, la melancolía, el desencanto o la carencia de ilusión. Y aquí, aunque es muy arriesgado generalizar, nos vemos inmersos todos. Pero la constatación de este hecho no debe inducirnos al desaliento, sino al contrario, impulsarnos a tener más entusiasmo en nuestra misión de educadores.


Lic. Germán Sensi

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